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Narrar el mundo y la imaginación / Narrate the world and the imagination

Categoría: Atlas Biográfico América

LEJANO, UFANO, ÚLTIMO VERANO

Multiconic Subway, NYC, 2023

El verano del año 2023 pasó, y quedó, arrumbado, en casi nada. Los lengüetazos de las chancletas y la brisa cenital del ventilador han flaqueado hasta convertirse en un chapoteo imaginario. Pero la lectura de Ernest H. Gombrich, Art and Illusion (A Study in the psychology of pictorial representation) ancló el estío en mi memoria, y me sigue guiando entre campos de Constable y de Corot, hasta llegar al bosque de Barbizon. Gracias a esta lectura he esquivado, feliz, no solo la nostalgia del declive otoñal, y ahora la del invierno, sino, también, innumerables divagaciones estériles, si no miopes prejuicios, que pesan sobre la psicología y la percepción del arte en general.

Descanso en la National Art Gallery de Washington, julio 2024

Releí con placer su cuarta parte, Invention and Discovery, sobre la historia de la representación (historia que coincide en gran parte con la historia del arte en Occidente), y la hermenéutica de la imagen a través de schemata, los trazos que, en vez de prodigar información, la sistematizan, la resumen, o, también, la transforman crucialmente, como ocurre con la caricatura. Hace poco, en el Museo de Orsay, contemplaba el Dejeuner sur l´herbe de Manet (1863), y presté especial atención al frontal, minucioso, y realista rostro de la “desayunadora” desnuda. En frente está colgado el otro déjeuner, el de Monet, de tamaño descomunal, cuyas figuras no poseen rostros individualizados sino lo que parecen máscaras, intercambiables entre las figuras representadas con la sola exigencia del género, medida esta por el peinado o la vestimenta. Recomiendo este cuarto capítulo de Gombrich sobre la caricatura, y, en general, sobre la percepción fisonómica, aunque su recorrido no nos conduzca tanto hacia Monet o Manet como hacia Hogarth, Rowlandson o Daumier, entre cuyos riscos sociales triscará luego la corriente expresionista.

El óculo de la rotonda de la National Gallery, Washington, julio 2024

Estrella de Diego, catedrática de historia del arte y patrona del Museo del Prado, en su empeñoso “El Prado inadvertido” hace muy merecidos honores a Gombrich, y con la toda razón: el maestro es una cima, no superada, que ella tuvo la envidiable suerte de tratar, y de acompañar las últimas visitas que hizo al Prado. Disfruté el recorrido que De Diego hace por el horizonte académico actual; tarea arriesgada, pues es un campo de minas. Su libro, además de un ardiente panegírico –de rigueur– del Prado, es un homenaje a las mujeres pintoras y creadoras en general, a la infancia de la autora, y a su relación desde niña con Las Meninas; pero también es un repaso a lo que se conviene en llamar, en la otra orilla del Atlántico, “el complejo académico-cultural-filantrópico”, demasiado benévolo ante los desmanes “canceladores”, y que ella trata de forma ecuánime, sin caer en actitudes simplistas o banales como las que proliferan sobre todo en EEUU.

En Washington, además de la National Gallery (Winslow Homer), volví a la Phillips Collection (¡qué emoción contemplar de nuevo Return from school after the storm, de Chaïm Soutine!), donde “reina Renoir” (justa aliteración), y en donde el fotógrafo Frank Stewart y la fascinante exposición de su obra, Nexus, me entretuvieron hasta hacerme olvidar el paso del tiempo. Me pareció que la inteligente política de exposiciones de esta galería le evitará, no me cabe duda, ser “cancelada”. Después, continué mi banquete visual en la National Gallery, siguiendo las obras que Gombrich menciona en Art and Illusion.

Vincent van Gogh, A walk at twilight, 1890

Más tarde, en Nueva York, llegó el deleite bajo la forma de “los cipreses de Van Gogh”, maravillosa exposición que calmó por un rato mi sempiterna avidez de fauvismo, aunque me dejen indiferente las aberrantes exageraciones de su popularidad. Ya durante mi infancia observaba, a menudo embobado, los cipreses cimbreándose en el olivar. Es cierto que en Andalucía, obedeciendo legendarios ecos de la mitología griega, los cipreses se suelen plantar en los cementerios, pero no solamente. Una versión más pagana aún los sitúa también en torno a las albercas enjalbegadas, donde su silueta oscura corona el blanco de cal junto al agua fresca. Muy pequeño aún descubrí que cuando el viento los agita se mueven de una forma especialmente sensual y libidinosa ¡Cuántas veces no habré quedado extasiado mirando cómo, de su seno sinuoso irradiaba un erotismo hipnótico y delirante…! Uno deduce que esto deberían saberlo sus estudiosos y entusiastas, y, más concretamente, los responsables de la exposición del Met, pues podría estar relacionado con la obsesión de Van Gogh con este árbol. Habría bastado una película en una pequeña pantalla lateral; una referencia a la vida real de los cipreses. Pero no. Jamás he leído una sola mención a esta cualidad singular del árbol de Apolo, y tampoco me parece tan difícil intuirla. Los cipreses se mueven como tiernos cuerpos, provocativos, llenos de ignoto deseo: esa imagen del ciprés la atesoraba yo mucho antes de disfrutar del trágico fauve y sus pinceladas breves, entrecortadas, ondulantes, gruesas; me importaba poco que los cipreses estuvieran bajo la luz de la luna, pero si los agitaba el viento eran otra cosa: parecen cuerpos vivos, de temblorosa carne, semejantes a la onda breve, encerrada, del agua de las albercas en el olivar.

But I´am Still Fly (2014) obra de Fahamu Pecou (1975) mostrando un saggin en fondo de pan de oro

Vi otras exposiciones en NY; por ejemplo, un tesoro en la Morgan Library: “Into the Woods”: dibujo y fotografía francesa de la donación de Karen. E. Cohen. Una excepcional coleccionista, Cohen cultiva numerosas pasiones, y entre ellas destaca su atracción por la Escuela de Barbizon; pero son formidables sus colecciones de óleos, dibujos y obra gráfica de Delacroix, Corot, Daubigny, T. Rousseau o Narcisse Virgilio Díaz de la Peña y, muy especialmente, los extraordinarios, bellísimos y misteriosos paisajes de Courbet. También, gracias a su fino olfato de coleccionista, descubrí los asombrosos paisajes de Georges Sand, provistos de una originalidad y talento singulares, y en los que incorpora materia vegetal del mismo paisaje que representa.

Study for movements in squares, 1961, Bridget Riley. Exposición temporal en la Morgan Library

Siempre llega un momento en que el arte “de calidad” (por oficio, por prestigio, tradición, esoterismo o precio) satura mi apetito. Cuando esto ocurre busco arte que esté expuesto por razones no relacionadas con su calidad, o, al menos, no solo con ella. No he perdido el sentido, sencillamente expreso la necesidad de liberarme de los cánones al uso y de la contundencia de los dictados tanto de la academia como del mercado… y hago honor aquí al libro que Alejandro Vergara Sharp, conservador del Museo del Prado, publicó hace más un año aproximadamente, La calidad en el arte, que, por ser mucho más breve y de menor peso y tamaño que el de Gombrich, pudo acompañarme también durante mi periplo atlántico. Recomiendo su lectura, porque aborda una cuestión esencial del arte occidental a la que nos referimos constantemente pero sin pararnos a pensar en qué es exactamente. Cuestión tan esencial como escurridiza: el concepto de la calidad en el arte o, en pocas palabras, ¿qué pueden ser el “arte bueno” o el “arte malo”? El libro de Vergara Sharp es tranquilo y sutil; su narración teje en la mente del lector un sencillo hilo crítico que lo mantiene atento y comprometido hasta el final, además de realizar un loable esfuerzo de sincretismo cuando, por ejemplo, tilda el período comprendido entre los siglos XIII e inicios del XIX, de “neoclasicismo”, sin atender a la taxonomía habitual del arte europeo de ese largo y rico período, exageradamente construida sobre consideraciones estilísticas de una misma idea.

El fabuloso patio climatizado de la National Portrait de Washington, 2024

Así pues, decidí encaminarme hacia la National Portrait Gallery de Washington, que nunca antes había visitado, ávido de imágenes e historias desconocidas, impredecibles. Iba atraído por la idea de autores poco o nada conocidos, la “calidad” de cuyas obras bien me fuera indiferente bien ni el único ni el más relevante de los criterios por el cual estaban expuestas. Y así fue: un festín. ¡Qué emoción contemplar el retrato de la reina de Hawaii, Lili’uokalani junto a su trono, como jefa del estado kanaka maoli! Ella era la cabeza de la monarquía constitucional establecida en el archipiélago en 1852, y conocida por haber otorgado el sufragio universal a los hombres (solo a ellos, pero sin distinción de raza). Luce sus galas en un retrato que evoca al instante muy diversas narrativas, pintado al estilo del III Imperio francés. O el retrato de la contralto Marian Anderson, una de las grandes voces de la historia de la ópera quién, con la ayuda de Eleanor Roosevelt, cantó en aquel inolvidable Domingo de Pascua de 1939, desde los escalones del Lincoln Memorial, ante una audiencia de 75000 personas contra la segregación racial. Más conocidos y de calidad ya “indiscutible”, destaco la semblanza de Obama -magnífico retrato a mi juicio- en dibujo fino y ornato saturado y deslumbrante de Kehinde Wiley, o el de John F. Kennedy, por Elaine de Kooning …etc.

Otras obras me encandilaron antes de entregarme de nuevo al achicharrante estío washingtoniano, y las he escogido para terminar esta nota: Mandarin Duck (Patos mandarines), 2005, de Hung Liu (1948-2021), pintora del realismo-socialista chino antes de emigrar a EEUU, en 1984. Liu retrata a Polly Bemis (1853-1933), una activista que luchó por su independencia en Idaho, donde se casó con un tabernero local para evitar la deportación.

Hung Liu, mandarín ducks 2005. Changchun 1948, Oakland 2021 portrait of Polly Bernis

Por último, una obra de James Hampton, The Throne (El trono), un bocatto di cardinale para despedirme de tan hipnótica galería. La verdad es que la National Portrait Gallery hizo que me olvidara de todo y que prestara atención a lo puramente desconocido o anónimo, al menos desde el punto de vista de la idea de arte que transmiten el mercado, muchas publicaciones, la academia, y lo que a menudo llamamos «el mundo del arte». ¿No podría ser ese uno de los objetivos del arte: llevar nuestra atención a lo que no recibe clamorosa atención, a lo desconocido? ¿No es acaso esa imparable “inmersión” en decenas de narrativas ignotas ajenas a la «grandeza» la mejor manera de seguir afrontando el día? La evocación de narrativas disparatadas y dispares, olvidadas, periféricas, nuevas, o sencillamente carentes de tantas faustas autorías que el marketing, el coleccionismo especulativo o la academia han endiosado hasta elevarlas a dogma, ¿no es en sí misma creativa para los que las contemplamos? Lo mismo ocurre con la evocación de las narrativas fáciles de comprender, pero no por “fáciles” o “menores”, sino porque son anómalas para un sistema que solo quiere comprar nuestra atención, y dominarla… Narrativas y contextos expuestos para mirar de otro modo; para recordar que no solo hay una forma de mirar, de hacer y de construir una calidad para el arte. Quizás, en unas décadas, o tal vez menos, algunas de estas obras pasen a convertirse inexorablemente en cualificadas alegorías del pasado, en reinas del mercado, pero, hasta que llegue ese momento, los visitantes acudimos a disfrutar de sus «latentes cualidades» con doméstica y reconfortante inmediatez.

Parergon Moment at ZWIRNER’s

GENDERIZATION

New York

On the bus, along 5th Avenue, by Mount Sinai Hospital, just a few days before the virus started ravaging the city; March, 2020.

FRIDAY’S WALK

Sunset in Central Park, Friday 14th February 2020

Sunset in Central Park. Apple Phone 6X, unmodified (14th February 2020)

 

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W A L K S

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ART, PLACE, NATION AND NARRATION

On not being a tree was published in The Telegraph (Calcutta) Oct. 26th 2010, and is a generous contribution to Zugvogelblog by its author.

ON NOT BEING A TREE, by Aveek Sen

Art, place and the tyrany of context

“I fall into a place and I become of that place,” replied Gayatri Chakravorty Spivak when asked, during a public conversation in Calcutta, whether she would describe herself as cosmopolitan. “I feel sometimes, when someone asks me the question, that I have roots in air. You know? I am at home everywhere and I am not at home anywhere. It seems to me when one is at home, the place where one is at home has no name.” My music teacher had put it to me, once, more pithily: “I don’t need roots. I’m not a tree.”

Gabriela Iturbide

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     These two pictures were made by the Mexican photographer, Graciela Itúrbide. Both are hanging now in Delhi’s Instituto Cervantes as part of a show called — with a baffling and, one hopes, unintended vengefulness — An Eye for an Eye. Alongside Itúrbide’s work, made in the Seventies and Nineties in India, Mexico and the United States of America, we also see Raghu Rai’s Mexican photographs of the Nineties, so that the Mexican and the Indian exchange places, as it were, in the show. The eye passes over Rai’s work, stopping to catch the pictorial cleverness of each image with a silent “OK, got it” to move on to the next. With Itúrbide, time lengthens and becomes reflective, as she draws the viewer closer and deeper into the heart of the place, person, moment or feeling that she essays in each picture.

     The eye passes over Rai’s work, stopping to catch the pictorial cleverness of each image with a silent “OK, got it” to move on to the next. With Itúrbide, time lengthens and becomes reflective, as she draws the viewer closer and deeper into the heart of the place, person, moment or feeling that she essays in each picture. With Rai, we are optically and manually agile tourists in Mexico playing with light and shade, angles and effects. With Graciela, we are on an inward journey that makes us continually look into ourselves, at the fluid and complicated relations between where we are inside our heads and where we happen to be physically at a particular moment. As she compels us to grasp the meaning of each image, and of the relationships among them as a sequence, something else begins to happen. The sense of an identified location becomes irrelevant and eventually dissolves altogether. We begin to ignore the captions. Place is overcome, absorbed and transfigured. Like the aerial flocks of birds that she photographs repeatedly, identities disperse into experience, movement, memory, encounter, performance and connection. The picture on the left is called “Khajuraho, India, 1998”; next to it is “Highway 61: From Memphis, Tennessee to Clarkesdale, Mississippi, 1997-1998”. But do the labels — Indian, American, Mexican — matter at all with these mysterious, metaphysical images? Is Graciela a Mexican woman photographer? Or is she simply an artist? What do we lose, and gain, with each of these definitions of who she is as a maker of images?

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Angel Woman, Sonora Desert, México (Mujer Ángel), 1979. Graciela Iturbide / Courtesy of the Museum of Fine Arts, Boston

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     Under what circumstances is national or cultural context important to understanding a photograph? Depends on who is doing the understanding, why, and for whom. There is a way of looking at, archiving, understanding and writing about photography that is entirely historical, sociological, anthropological. And here context is all-important. Usually, this kind of writing is academic and specialized; aesthetic criteria are irrelevant or subordinated to the more levelling gaze of the social sciences. The hierarchical distinctions between art and not-art, or among documentary, popular, commercial, journalistic or art photography, do not apply in such readings. So, if we are, say, studying representations of women, or immigrants, or dwarfs, then we should be looking at every kind of photography from advertisements, police shots and ethnographic records to photo-essays in Granta and the work of Arbus, Salgado or Iturbide, without getting into disputes over whether what we are looking at is art or not, or if it is art, then whether we are looking at good art or bad art. We are more interested in content rather than form, and we are producing critical knowledge using photographs as primary documents. We might have chosen to look at folksongs or newspapers or films, and done the same sort of work with these, without bothering very much about aesthetics (although the aesthetic or formal aspects of these documents could have enhanced our interpretation and made it more nuanced).

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     But the moment we get into questions of a different kind of meaning or affect (that is, once we take photography into art galleries, auctions and art publishing houses), the moment we get into questions of beauty and form, or of aesthetic, emotional and intellectual impact, then the role of context, especially national context, becomes more ambivalent and complicated. A different set of priorities and criteria, together with a different kind of politics, takes over.

     Someone should write about the international politics of contextualization, and how a great deal of serious academic work is structured by that politics. Why is it, for instance, that Henri Cartier-Bresson, William Eggleston, the Bechers or Jeff Wall is simply photography, whereas Graciela Iturbide is Mexican photography or Nobuyoshi Araki Japanese photography? I suspect that the answer to this is not only political, but also geopolitical, going back to the ancient geographical divides in post-Enlightenment European epistemology: Who is looking at whom? Who is studying whom? Who is writing about whom? Who is the subject, and who the object, of knowledge and of interpretation? What do we need to know in order to understand a Western artist? And what do we need to know in order to understand a non-Western artist? Who are ‘we’ here?

     In the first case, not very much context is required because Western art is supposed to be universal, transcending national or geographic differences. It is Art. But Asian art is not Art, but ‘Asian art’, and therefore an informed understanding of the various contexts in which it is produced is essential for doing it full justice. It is always tied to its time and place. So, an Indian photographer cannot depict loss, absence or fear, but must always represent poverty-stricken or fundamentalist Bharat, or liberalized and industrializing India. We hardly ever have books, photobook introductions or catalogue essays explaining what is Belgian, French, Canadian or American about Belgian, French, Canadian or American photography, because we can respond to Belgian, French, Canadian or American photographs as we respond to the Venus de Milo or Mona Lisa, without having to know about Classical Greece or Renaissance Italy.

     But not so for Asian photography. An entirely different approach to knowing, understanding and looking has to be constructed, mastered, disseminated and repeatedly invoked in order to bring such a category into the global field of vision. And this applies to not only those who are looking at it, showing it, collecting it and writing about it, but also to those who are making it. That is, Asian photographers themselves often end up internalizing this way of seeing and start producing work for it, and from within it, presenting their work, in books and in shows, according to its requirements. They readily accept the contexts in which their work is invariably read, and then start perpetuating those readings of their work, together with the assumptions that inform these readings.

     They end up producing work that could be written about, shown and taught within what has turned into readymade frames and perspectives. Non-Asia looks at Asia in a certain way, and therefore Asia also looks at, and projects, itself in that way. In the earlier centuries, this was called Colonialism or Imperialism; Edward Said had called it Orientalism. Now it is called Context, and the right-minded, well-intentioned, academically respectable sound of the word obscures the structures of commerce, knowledge and power that constitute this primacy of Context.

http://www.telegraphindia.com/1101026/jsp/opinion/story_13094834.jsp

NUESTRO MAUSOLEO ESTÁ EN WALL STREET

     El prestigio de la arquitectura grecorromana es una moneda que muchas ciudades atesoran con avidez. En Manhattan conviven muchas imitaciones pero sobresale la pasión legitimadora por excelencia: los órdenes griegos clásicos, seguidos por el campanario de Venecia, el campanile de la plaza de San Marcos, que parece un antecesor genético del rascacielos neoyorquino, y, finalmente, la Giralda de Sevilla.

El mausoleo de Halicarnaso o la tumba del Rey de Caria, Mausolos, en Halicarnaso (Bodrum)

Reconstrucción aproximada de la tumba de Mausolos en Halicarnaso, hoy Bodrum, en Asia Menor (Turquía)

     Un mausoleo tiene que «flotar en el aire», y seguir la pauta de la tumba de Mausolos, el rey de Caria que mandó elevar sobre su cámara mortuoria una construcción ciclópea rematada con un templo. La simple fachada clásica de un templo -como la adoptada por UNESCO como logo -el templo de Agrigento- parece legitimar a las instituciones que se amparan en ella e imitan su apariencia.

El mausoleo de Halicarnaso corona la torre en estilo veneciano del antiguo Bankers Trust, en el número 14 de Wall Street

Un mausoleo parecido al de Halicarnaso corona la torre del antiguo Bankers Trust, en el número 14 de Wall Street

     Mausolo, sátrapa del imperio persa, ordenó construir su tumba en Halicarnaso, en la costa de Asia Menor, frente a la isla de Kos, no lejos de Cnidos, dónde la leyenda sitúa el nacimiento de Venus, hacia la mitad del siglo IV antes de la era cristiana. Es relativamente fácil descubrir réplicas de esta tumba-templo en Manhattan; basta mirar hacia arriba para descubrir numerosas imitaciones; ésta que traigo a colación está situada a una altura de aproximadamente treinta pisos, y corona un edificio -a su vez histórico por otras razones-  en el cruce de Wall Street con Broad Street.

La réplica del mausoleo vista desde la calle al atardecer

La réplica del mausoleo vista desde la calle al atardecer

     Muy pocos de estos edificios siguen siendo bancos. Muchos sospechábamos que la última crisis financiera era -otra vez- una mezcla característica de fraudulentas burbujas y consciente mala gobernanza, un cocktail de regulaciones deficientes y de mala fe, que ha sancionado prácticas perversas o antisociales detrás de las cuales solo hay una carencia total de escrúpulos. No hace falta leer los libros de Michael Lewis -tarea recomendable para comprender cómo Manhattan se ha convertido en un oscuro casino de apuestas financieras- para entender que la codicia es uno de los tres pilares sobre los  que florece la vida de esta isla (los otros dos son el mercado inmobiliario y la cultura, básicamente el arte), y que todos sus habitantes, ricos o pobres, lo saben porque en sí misma, al avaricia no es desdeñable. Saben que junto a la pasión más refinada por el «hacer» y por el arte, por ejemplo, convive el capitalismo más estricto. No es nada que no exista en muchas otras partes del mundo, ricas o pobres, pero lo excepcional de Manhattan es que encarna estas cualidades con una inmediatez y una sinceridad únicas. Nadie puede llamarse a engaño. La ciudad muestra sus reglas desde el primer día. Y también sus tumbas y mausoleos. Es disparatada, seguramente en declive ya, pero casi todos sus habitantes prefieren quedarse. Su frase favorita es : «no bullshit».

La Bolsa y el Mausoleo

La Bolsa y el Mausoleo

     Ese simple cruce de Wall Street con Broad Street no estaba llamado a ser una plaza, pero con el tiempo, se ha creado una. En ella se dan cita los tres estilos griegos clásicos que «legitiman» las instituciones del Empire State, el «Estado Imperio»: el corintio en la marmórea fachada del Stock Exchange; el dórico acompañando a George Washington, cuyo monumento recuerda a la estatua del commendatore asesinado por Don Giovanni en la ópera de Mozart -cuyo libretista, por cierto, Lorenzo Da Ponte, se paseó por estas calles a menudo-, y, finalmente, el jónico en «nuestro» mausoleo; digo bien, «nuestro» mausoleo porque ¿no es ya el mausoleo de millones de personas? ¿El Mausoleo de todas las clases medias y trabajadoras del mundo, desunidas, desorganizadas y empobrecidas, reluciente en el corazón del Distrito Financiero?

Aquí George Washington recuerda al monumento de il Comendatore, en el Don Giovanni de Mozart.

Solitario, George Washington parece el commendatore mozartiano, en un montaje clásico de Schinkel,  a los pies del mausoleo de Wall street.

AROUND JACQUELINE ONASSIS’ RESERVOIR IN CENTRAL PARK

In NY, like around the reservoir, people are asked to walk in one sense only: baby carriages with babies, lonely people, gregarious people, sportsmen, foreigners, tourists, grandmothers and grandchildren, you, men and women in love, your neighbor or the millionaire who lives in the surroundings of the park, kingfishers, horses, tortoises, all mesmerized by the mechanic rhythm of a mechanic city. The same image is able to congeal one’s memory again and again. Like touring the reservoir: once, twice, many times a day; to train, to breathe, to forget, to enjoy, to help the clock keep on ticking.

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Jacqueline Kennedy, by Andy Warhol.

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