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Narrar el mundo y la imaginación / Narrate the world and the imagination

Categoría: Atlas biográfico-Artes

LEJANO, UFANO, ÚLTIMO VERANO

Multiconic Subway, NYC, 2023

El verano del año 2023 pasó, y quedó, arrumbado, en casi nada. Los lengüetazos de las chancletas y la brisa cenital del ventilador han flaqueado hasta convertirse en un chapoteo imaginario. Pero la lectura de Ernest H. Gombrich, Art and Illusion (A Study in the psychology of pictorial representation) ancló el estío en mi memoria, y me sigue guiando entre campos de Constable y de Corot, hasta llegar al bosque de Barbizon. Gracias a esta lectura he esquivado, feliz, no solo la nostalgia del declive otoñal, y ahora la del invierno, sino, también, innumerables divagaciones estériles, si no miopes prejuicios, que pesan sobre la psicología y la percepción del arte en general.

Descanso en la National Art Gallery de Washington, julio 2024

Releí con placer su cuarta parte, Invention and Discovery, sobre la historia de la representación (historia que coincide en gran parte con la historia del arte en Occidente), y la hermenéutica de la imagen a través de schemata, los trazos que, en vez de prodigar información, la sistematizan, la resumen, o, también, la transforman crucialmente, como ocurre con la caricatura. Hace poco, en el Museo de Orsay, contemplaba el Dejeuner sur l´herbe de Manet (1863), y presté especial atención al frontal, minucioso, y realista rostro de la “desayunadora” desnuda. En frente está colgado el otro déjeuner, el de Monet, de tamaño descomunal, cuyas figuras no poseen rostros individualizados sino lo que parecen máscaras, intercambiables entre las figuras representadas con la sola exigencia del género, medida esta por el peinado o la vestimenta. Recomiendo este cuarto capítulo de Gombrich sobre la caricatura, y, en general, sobre la percepción fisonómica, aunque su recorrido no nos conduzca tanto hacia Monet o Manet como hacia Hogarth, Rowlandson o Daumier, entre cuyos riscos sociales triscará luego la corriente expresionista.

El óculo de la rotonda de la National Gallery, Washington, julio 2024

Estrella de Diego, catedrática de historia del arte y patrona del Museo del Prado, en su empeñoso “El Prado inadvertido” hace muy merecidos honores a Gombrich, y con la toda razón: el maestro es una cima, no superada, que ella tuvo la envidiable suerte de tratar, y de acompañar las últimas visitas que hizo al Prado. Disfruté el recorrido que De Diego hace por el horizonte académico actual; tarea arriesgada, pues es un campo de minas. Su libro, además de un ardiente panegírico –de rigueur– del Prado, es un homenaje a las mujeres pintoras y creadoras en general, a la infancia de la autora, y a su relación desde niña con Las Meninas; pero también es un repaso a lo que se conviene en llamar, en la otra orilla del Atlántico, “el complejo académico-cultural-filantrópico”, demasiado benévolo ante los desmanes “canceladores”, y que ella trata de forma ecuánime, sin caer en actitudes simplistas o banales como las que proliferan sobre todo en EEUU.

En Washington, además de la National Gallery (Winslow Homer), volví a la Phillips Collection (¡qué emoción contemplar de nuevo Return from school after the storm, de Chaïm Soutine!), donde “reina Renoir” (justa aliteración), y en donde el fotógrafo Frank Stewart y la fascinante exposición de su obra, Nexus, me entretuvieron hasta hacerme olvidar el paso del tiempo. Me pareció que la inteligente política de exposiciones de esta galería le evitará, no me cabe duda, ser “cancelada”. Después, continué mi banquete visual en la National Gallery, siguiendo las obras que Gombrich menciona en Art and Illusion.

Vincent van Gogh, A walk at twilight, 1890

Más tarde, en Nueva York, llegó el deleite bajo la forma de “los cipreses de Van Gogh”, maravillosa exposición que calmó por un rato mi sempiterna avidez de fauvismo, aunque me dejen indiferente las aberrantes exageraciones de su popularidad. Ya durante mi infancia observaba, a menudo embobado, los cipreses cimbreándose en el olivar. Es cierto que en Andalucía, obedeciendo legendarios ecos de la mitología griega, los cipreses se suelen plantar en los cementerios, pero no solamente. Una versión más pagana aún los sitúa también en torno a las albercas enjalbegadas, donde su silueta oscura corona el blanco de cal junto al agua fresca. Muy pequeño aún descubrí que cuando el viento los agita se mueven de una forma especialmente sensual y libidinosa ¡Cuántas veces no habré quedado extasiado mirando cómo, de su seno sinuoso irradiaba un erotismo hipnótico y delirante…! Uno deduce que esto deberían saberlo sus estudiosos y entusiastas, y, más concretamente, los responsables de la exposición del Met, pues podría estar relacionado con la obsesión de Van Gogh con este árbol. Habría bastado una película en una pequeña pantalla lateral; una referencia a la vida real de los cipreses. Pero no. Jamás he leído una sola mención a esta cualidad singular del árbol de Apolo, y tampoco me parece tan difícil intuirla. Los cipreses se mueven como tiernos cuerpos, provocativos, llenos de ignoto deseo: esa imagen del ciprés la atesoraba yo mucho antes de disfrutar del trágico fauve y sus pinceladas breves, entrecortadas, ondulantes, gruesas; me importaba poco que los cipreses estuvieran bajo la luz de la luna, pero si los agitaba el viento eran otra cosa: parecen cuerpos vivos, de temblorosa carne, semejantes a la onda breve, encerrada, del agua de las albercas en el olivar.

But I´am Still Fly (2014) obra de Fahamu Pecou (1975) mostrando un saggin en fondo de pan de oro

Vi otras exposiciones en NY; por ejemplo, un tesoro en la Morgan Library: “Into the Woods”: dibujo y fotografía francesa de la donación de Karen. E. Cohen. Una excepcional coleccionista, Cohen cultiva numerosas pasiones, y entre ellas destaca su atracción por la Escuela de Barbizon; pero son formidables sus colecciones de óleos, dibujos y obra gráfica de Delacroix, Corot, Daubigny, T. Rousseau o Narcisse Virgilio Díaz de la Peña y, muy especialmente, los extraordinarios, bellísimos y misteriosos paisajes de Courbet. También, gracias a su fino olfato de coleccionista, descubrí los asombrosos paisajes de Georges Sand, provistos de una originalidad y talento singulares, y en los que incorpora materia vegetal del mismo paisaje que representa.

Study for movements in squares, 1961, Bridget Riley. Exposición temporal en la Morgan Library

Siempre llega un momento en que el arte “de calidad” (por oficio, por prestigio, tradición, esoterismo o precio) satura mi apetito. Cuando esto ocurre busco arte que esté expuesto por razones no relacionadas con su calidad, o, al menos, no solo con ella. No he perdido el sentido, sencillamente expreso la necesidad de liberarme de los cánones al uso y de la contundencia de los dictados tanto de la academia como del mercado… y hago honor aquí al libro que Alejandro Vergara Sharp, conservador del Museo del Prado, publicó hace más un año aproximadamente, La calidad en el arte, que, por ser mucho más breve y de menor peso y tamaño que el de Gombrich, pudo acompañarme también durante mi periplo atlántico. Recomiendo su lectura, porque aborda una cuestión esencial del arte occidental a la que nos referimos constantemente pero sin pararnos a pensar en qué es exactamente. Cuestión tan esencial como escurridiza: el concepto de la calidad en el arte o, en pocas palabras, ¿qué pueden ser el “arte bueno” o el “arte malo”? El libro de Vergara Sharp es tranquilo y sutil; su narración teje en la mente del lector un sencillo hilo crítico que lo mantiene atento y comprometido hasta el final, además de realizar un loable esfuerzo de sincretismo cuando, por ejemplo, tilda el período comprendido entre los siglos XIII e inicios del XIX, de “neoclasicismo”, sin atender a la taxonomía habitual del arte europeo de ese largo y rico período, exageradamente construida sobre consideraciones estilísticas de una misma idea.

El fabuloso patio climatizado de la National Portrait de Washington, 2024

Así pues, decidí encaminarme hacia la National Portrait Gallery de Washington, que nunca antes había visitado, ávido de imágenes e historias desconocidas, impredecibles. Iba atraído por la idea de autores poco o nada conocidos, la “calidad” de cuyas obras bien me fuera indiferente bien ni el único ni el más relevante de los criterios por el cual estaban expuestas. Y así fue: un festín. ¡Qué emoción contemplar el retrato de la reina de Hawaii, Lili’uokalani junto a su trono, como jefa del estado kanaka maoli! Ella era la cabeza de la monarquía constitucional establecida en el archipiélago en 1852, y conocida por haber otorgado el sufragio universal a los hombres (solo a ellos, pero sin distinción de raza). Luce sus galas en un retrato que evoca al instante muy diversas narrativas, pintado al estilo del III Imperio francés. O el retrato de la contralto Marian Anderson, una de las grandes voces de la historia de la ópera quién, con la ayuda de Eleanor Roosevelt, cantó en aquel inolvidable Domingo de Pascua de 1939, desde los escalones del Lincoln Memorial, ante una audiencia de 75000 personas contra la segregación racial. Más conocidos y de calidad ya “indiscutible”, destaco la semblanza de Obama -magnífico retrato a mi juicio- en dibujo fino y ornato saturado y deslumbrante de Kehinde Wiley, o el de John F. Kennedy, por Elaine de Kooning …etc.

Otras obras me encandilaron antes de entregarme de nuevo al achicharrante estío washingtoniano, y las he escogido para terminar esta nota: Mandarin Duck (Patos mandarines), 2005, de Hung Liu (1948-2021), pintora del realismo-socialista chino antes de emigrar a EEUU, en 1984. Liu retrata a Polly Bemis (1853-1933), una activista que luchó por su independencia en Idaho, donde se casó con un tabernero local para evitar la deportación.

Hung Liu, mandarín ducks 2005. Changchun 1948, Oakland 2021 portrait of Polly Bernis

Por último, una obra de James Hampton, The Throne (El trono), un bocatto di cardinale para despedirme de tan hipnótica galería. La verdad es que la National Portrait Gallery hizo que me olvidara de todo y que prestara atención a lo puramente desconocido o anónimo, al menos desde el punto de vista de la idea de arte que transmiten el mercado, muchas publicaciones, la academia, y lo que a menudo llamamos «el mundo del arte». ¿No podría ser ese uno de los objetivos del arte: llevar nuestra atención a lo que no recibe clamorosa atención, a lo desconocido? ¿No es acaso esa imparable “inmersión” en decenas de narrativas ignotas ajenas a la «grandeza» la mejor manera de seguir afrontando el día? La evocación de narrativas disparatadas y dispares, olvidadas, periféricas, nuevas, o sencillamente carentes de tantas faustas autorías que el marketing, el coleccionismo especulativo o la academia han endiosado hasta elevarlas a dogma, ¿no es en sí misma creativa para los que las contemplamos? Lo mismo ocurre con la evocación de las narrativas fáciles de comprender, pero no por “fáciles” o “menores”, sino porque son anómalas para un sistema que solo quiere comprar nuestra atención, y dominarla… Narrativas y contextos expuestos para mirar de otro modo; para recordar que no solo hay una forma de mirar, de hacer y de construir una calidad para el arte. Quizás, en unas décadas, o tal vez menos, algunas de estas obras pasen a convertirse inexorablemente en cualificadas alegorías del pasado, en reinas del mercado, pero, hasta que llegue ese momento, los visitantes acudimos a disfrutar de sus «latentes cualidades» con doméstica y reconfortante inmediatez.

T W I N S ?

Parergon Moment at ZWIRNER’s

ABUSO


Una imagen del dolor

El testigo ha ido a la escuela día tras día durante años; ha ido tantas veces que no conoce un viaje más  trastornador y, a la vez, más rutinario. Esta peculiaridad de su educación –la de ir cientos de veces al mismo lugar por la mañana, a la misma hora- ha transformado lo que recuerda en una presencia, como si esa parte de su memoria hubiera mutado en un ser vivo.

Los dolores muertos

Así, el testigo respondió que su recuerdo de la escuela es solo una imagen, y no muchas, y que esta imagen tiene voz, como si la escuela le dijera cosas.

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Dice que solo al cabo de muchos años fue capaz de escribir un recuerdo obsesivo que se interponía en su deseo. Lo escribió con el único fin de librarse de él mediante el ritual de la literatura, y, aunque insistía en que no se acordaba “de nada” y en que, en el fondo, todo eran suposiciones menos el hecho mismo  -que era irreproducible-, su escrito revelaba una gran capacidad para evocar la verosimilitud, que se sustentaba quizás en el prolijo detalle. Por esta razón, concluí que era verdad que el testigo no recordaba con exactitud lo que escribía pero que tampoco se lo inventaba, y que solo el rescate de su propia experiencia del dolor y del miedo le permitía describir en esa franja intermedia de no ficción creativa dónde parece desarrollarse la mayor parte de la vida. A continuación, reproduzco una parte de la transcripción de aquel texto cuya copia me remitió por correo postal y que, hoy, he decidido compartir.

Dolor vivo

Dolor vivo

     «Entraron en silencio. El primero hizo un gesto a los otros cuando vio a la chica dentro. Eran tres, atléticos y guapos, y el cabecilla tenía una mirada luminosa, febril. Muchas chicas y chicos seguían sus pasos y sus palabras llevados por una necesidad de admirarlo; a su manera, lo adoraban. Durante el descanso de la mañana, entre una clase y otra apenas quedaba nadie en el aula y a ella, que era alta, debió de ser muy fácil distinguirla nada más abrir la puerta. Estaba en un rincón, hablando con otra chica. Nadie había allí en ese momento que pudiera enfrentarse a ellos o detenerlos salvo la amiga con la que ella hablaba y yo mismo. Gritamos “socorro”, les insultamos, pero no nos atrevimos a más. Casi nadie se percató de su presencia cuando entraron; eran los más fuertes, los que también me humillaban diariamente, a mi y a mis amigos aunque no de esa manera porque no éramos chicas. Bueno, no éramos chicas pero para muchas cosas era como si fuéramos chicas, o chicas «feas», a las que ni siquiera humillaban tocándolas, todo lo más un empujón, un golpe o un insulto delante de los demás. Por un momento creí que venían a por mí pero luego comprendí que solo ella era el objetivo. Enseguida la doblegaron; uno la sujetó por la espalda agarrándole los brazos para dejar así desprotegidos y vulnerables sus senos pero sin quitarle la fina blusa negra que vestía. Así podía el otro pasarle la mano por el sexo y apretarle los pechos y tocárselos al tiempo que el tercero le tapaba la boca para que no se oyeran sus gritos. En esta acción –Laooconte mujer y sus hijos atacados por monstruos goyescos-, el cabecilla era el único que tenía las manos libres. Solo él tocaba el sexo y los senos de la chica y únicamente él satisfacía el aparente objetivo de aquel abuso. El gozo del jefe me era incomprensible pero el de los otros dos parecía más fácil de entender: la sintonía que guardaban no solo entre sí, felices e incautos, sino, también, con el designio brutal de su jefe era una suerte de amor rudimentario si bien dependiente del poder que éste ejercía sobre ellos, y completamente ciego. Tras medio minuto o menos, de palabras y caricias soeces, de amenazas, patadas y manotazos, el cabecilla tomo la mandíbula de la chica en sus manos y la besó en los labios, forzándoselos con lo suyos y también con su lengua durante un rato. Ese beso quedó en mi memoria para siempre: un beso alienado, un escupitajo, una baba caliente. Al rato se fueron, tal y como vinieron, dejándola inmóvil en el mismo rincón dónde la atacaron; allí permaneció sin llorar siquiera, arrellanada, con el rostro pálido, alicaída y los brazos inertes hasta que sin mirar a quienes tenía delante y habiéndose asegurado de que se habían ido, empezó a recomponerse la ropa. Su melena negra le cubría, enmarañada, el rostro, y así se mantuvo un rato, inclinada hacia delante, como si no se atreviese a alzar el rostro, o a sollozar. De repente, con un espasmo, en un llanto escondido midió una síncopa larga, como si se estuviera asfixiando. Se puso de pie -se movía aún muy despacio-, y con un mohín de rabia en su rostro, sin mirarnos pero sin ocultar las lágrimas y abrochándose los botones sueltos, tornó la lentitud en furia, y le dio rienda suelta antes de abrir la puerta y salir del aula, mientras escondía la mirada de nuevo bajo sus manos, y exclamaba a media voz: “cerdos”».

Cake, by Claes Oldenburgh

Floor Cake, pintura polímero-sintética y látex sobre lienzo, espuma de caucho y cajas de cartón, 148,2 x 290,2 x 148,2, Claes Oldenburg, 1962, MoMA, New York (regalo de Philip Johnson).

El testigo fue muy claro: lo que vivió originó un relato en su memoria que tardó años en comprender. Entretanto, el relato también iba variando, y la capacidad de su memoria, así que todo parecía deshacérsele pero sin disolverse del todo, como una mancha en un ojo o en una ventana, que uno traspasa diariamente con la mirada pero de la que no puede librarse. Pero un buen día, ante aquel pastel de Oldenburg, la memoria del testigo logró recuperar la piel de antes; y por primera vez logró hacerse cargo de lo que allí se le había muerto.

Dolor ordenado

Dolor ordenado

Este detalle, relativo a la importancia que supuestamente una obra de arte tuvo en su conciencia, y que el testigo no incluyó en su escrito, me llamó la atención. Lo contó en una entrevista posterior y cuando le insistí en que me dijera qué era lo que allí se le había marchitado respondió: “la energía; como la pérdida de un armónico de la voz o como cuando acaricias un cuerpo o amas a alguien y tus dedos parecen dormidos”. Me sorprendió que mencionara la palabra “energía”, no se a qué cuento venía, y él, medio ofendido, casi a voz en grito, exclamó: “antes de lo que pasó, aquella misma mañana, me sentía vivo pero después, cuando ella salió del aula, día tras día, poco a poco, fui sintiéndome cómo ese cake de Oldenburg”. Y sin avisar, amenazadoramente, soltó a mis pies un gargajo brillante como la baba de un caracol. En esos filamentos rodeados de diminutas burbujas que tomaban el color blanco y gris del suelo reconocí el asqueroso beso que se le había atascado en la memoria.

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Snail moving in a Garden, Tuscany, Italy

GENDERIZATION

New York

On the bus, along 5th Avenue, by Mount Sinai Hospital, just a few days before the virus started ravaging the city; March, 2020.

FRIDAY’S WALK

Sunset in Central Park, Friday 14th February 2020

Sunset in Central Park. Apple Phone 6X, unmodified (14th February 2020)

 

ABANDONAR LA ESCRITURA, Ignacio Gómez de Liaño en el MNCARS

Herminio Molero,Tomato Sunset Tomato. Esmalte sobre cartulina, Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, 1969.

Tomato Sunset Tomato, Herminio Molero; esmalte sobre cartulina, Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, 1969

El perfil de Ignacio Gómez de Liaño es poco común pero no creo necesario desmenuzarlo aquí rutinariamente. No podría. Y tampoco se lo merece; está por encima de presentaciones al uso. Esta magnífica exposición -en gran parte su colección personal, que ha donado al Museo Reina Sofía- lo confirma. Es un auténtico regalo para los sentidos y el intelecto; para todos aquellos que, en España, prestamos atención a la creación y a la heurística, y, también, para los historiadores, del arte o de los últimos años del franquismo.

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El laberinto instalado en el Instituto Goethe de Madrid dónde muchos pudimos experimentar la primera catarsis posible durante los últimos años del franquismo: vivíamos dentro de un régimen con burbujas de libertad, insufladas por Alemania en este caso,  y con abismales carencias, también de libertad: un laberinto cerrado, pero iluminado

Poema Circular (una película), Elen Asins. Tinta sobre papel, ca. 1968.

Poema Circular (una película), Elena Asins. Tinta sobre papel, ca. 1968. Donación de Ignacio Gómez de Liaño al MNCARS.

     Gómez de Liaño ha planteado a lo largo de su vida una forma de cuestionar a la que en España hemos estado y seguimos estando poco habituados. Grandes personalidades como la suya -entre las más comprometidas-, molestan a las mentalidades institucionales y burocráticas y, también, a las más vanguardistas o progresistas. No se callan, aunque no siempre guste lo que dicen e, incluso sí, a veces, no gustan a nadie. Es cierto que no siempre son fáciles de comprender y que pueden llegar a ser exorbitantes. Pero la razón es que caminan siempre en el límite del pensamiento, y que, en todo momento, aspiran a hacerlo con coherencia. Esta exposición da buena cuenta de ello: no es el fruto de un coleccionista o de un artista,  ni siquiera de un historiador, es mucho más: es el testimonio de un filósofo que mientras vive reflexiona de manera creativa sobre los aspectos que considera cruciales en la vida, entre ellos, el arte y el conocimiento. Esta exposición ofrece el testimonio de una fértil época de creatividad cuyo enorme valor se aprecia ahora en toda su dimensión, porque fue requisito sine qua non de muchas otras polinizaciones artísticas que la sucedieron, muy distintas en carácter y objetivos, y, entre otras, la llamada movida. Él mismo, a través de su compromiso y de su búsqueda fue creador y protagonista de aquellos mimbres, que ahora revela en esta exposición, y culmina con su donación al museo.

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S/T, Julio Plaza. Metal esmaltado, ca. 1967

     Un posible punto de partida teórico para explicar lo que se aprecia en la exposición se sitúa en las primeras y segundas crisis del lenguaje en la Rusia zarista prerevolucionaria y, después, en Francia, tras la Segunda Guerra Mundial: en la senda de Saussure, Jakobson, y los formalistas Schklovsky y Bajtin, entre otros, que inician nuevos y drásticos métodos de análisis de los procesos de la creación en el ámbito del lenguaje y de la literatura. Otros poetas y artistas plásticos rusos se adentrarán en diversos experimentos, uno de entre los más notables el zaumni iasik (lenguaje irracional) en la ópera Victoria sobre el Sol, por ejemplo, de Alexei Kruchionij, Victor Jlebnikov, Mijail Matiushin y Vladimir Malévich, en 1913. También, más tarde, los constructivistas moscovitas se acercarán, en la década de 1920, a lo concreto, al minimalismo avant la lettre, y a lo automático -o a un objetivo tan místico como buscar la tridimensionalidad de la construcción en la bidimensionalidad de un plano-, con el fin de abandonar definitivamente la agencia individual del artista para entrar, «revolucionariamente», en ámbitos productivos del estado soviético desligados del arte (al menos del concepto de arte que había prevalecido hasta la fecha, cuando design se traducía aún por «dibujo» solamente).

Spatial Composition, Katarzyna Kobro, Painted Steel, 1929. Muzeum Sztuki, Lodz.

Spatial Composition, Katarzyna Kobro. Painted Steel, 1929. Muzeum Sztuki, Lodz, en el MOMA

     Es un aliciente que el Museo Reina Sofía dedique una amplia exposición, en la planta inmediatamente superior, a la actriz y activista francesa Delphine Seyrig, la inefable musa de Alain Resnais en L’année dernière à Marienbad. Esta película, de 1961, cabe bien dentro del proceso general de búsqueda más allá del lenguaje, y de su descomposición, al que ya he hecho mención, revivificando la vieja idea de vanguardia con un guión nouveau roman. Este film de Resnais contiene numerosos tesoros en los que no puedo extenderme ahora. Me detendré solo en Maso [chisme] et Miso [gynie] vont en bateau (lo que va entre corchetes es mío), «Maso y Miso van en barco», un film re-interpretativo de un episodio del programa pionero de entrevistas de la television francesa, Apostrophe. Las habilidades de su sinuoso presentador, Bernard Pivot, quedan al descubierto gracias a la acción de Delphine Seyrig y su equipo, que logran desnudar el machismo del patriarcado reinante. Con su grupo, las Insoumuses, que firma Maso et Miso vont en bateau, logra dejar constancia del doble rasero de Bernard Pivot y de la Secretaria de Estado francesa para el (primer) Año de la Mujer en Francia, Françoise Giroud, en 1975. Lo más interesante es, a mi parecer, que convierte su grafiti audiovisual en un arma eficaz para el activismo político ya en la década de 1970. 

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Deplhine Seyrig y Giorgio Albertazzi en una escena de L’année dernière à Marienbad, de Alain Resnais, con guión de Alain Robbe-Grillet, 1961.

 

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W A L K S

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SHOOTING THE MAFIA

A breathtaking and loving documentary on Letizia Battaglia’s life as a photographer

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I was lucky to meet her in New York, more than nine years ago at the Gala of the International Center of Photography, 2009. She was given the Cornell Capa Infinity Award, together with other awardees: Aveek Sen, Liego Shiga, Gert van Kesteren and Annie Leibowitz among others. The guests were ecstatic. And Letizia Battaglia was simply a woman full of joy and energy. She still is. The documentary by Longinotto is just flawless, miraculously beautiful. I have no other words to describe it. Not to be missed.

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Letizia