Zooming in on Amour (II)

por Zugvogelblog

Arte popular, Tiahuanaco, Bolivia. Talla en piedra arenisca.

Arte popular, Tiahuanaco, Bolivia. Talla en piedra arenisca.

Además de un viaje a lo desconocido, Amour contiene otras aventuras inusitadas. El silencio es una de ellas, tan severo en esta película de Haneke como raro en la cinematografía. Desciende sobre los espectadores con tal intensidad que descubre el ruido íntimo de sus vidas: su respiración agitada o lenta, las vísceras apretadas en la butaca, retazos de voluntad, de deseo o de añoranza, ideas, suspiros. En este silencio, la música jamás es ornamento o telón de fondo, y, mucho menos, catalizadora de la acción: solo suena cuando un instrumento es pulsado o alguien aprieta un botón.Pareja desde arriba

El espectador de Amour recibe un curso acelerado sobre qué es ser octogenario, amar, vivir en pareja y empezar a morir. Jean Louis Trintignant (Georges) cumplirá pronto 83 años en la vida real y Emmanuelle Riva (Anne) tiene ya 86. Su edad evoca constantemente un pasado prácticamente invisible en la pantalla, salvo por algunas señales que emanan del guión, de la música y del interior del apartamento: el espectador tal vez prefiera ignorarlo, pero ambos personajes encarnan casi un siglo de la historia de Europa. Han vivido -y sobrevivido- post-guerras y guerras mundiales, holocaustos, pesadillas, gozos, avances y retrocesos. Lanzados desde hace años al mar del otro, muestran el equilibrio entre la unión y la desunión que rige en toda relación: si el gozo mayor es la unión está claro que la pena más grande es la separación. Amour puede ser considerada como la sencilla descripción de una crisis de pareja: Anne no desea continuar, y, Georges, sí. Más adelante, se diría que las tornas cambian. La unión ha iluminado su vida hasta ese momento pero es la separación la que fundamenta la noción de pasado.

Hari y Chris

Harey y Chris, pareja protagonista de Solaris (Andrei Tarkovsky, 1972)

En el silencio del apartamento, Georges toca al piano Ich rufe zu dir, Herr Jesu Christ (“Yo te invoco, Jesucristo”), preludio de un coral de Juan Sebastian Bach inspirado en el Salmo 130, que comienza diciendo así: “De Profundis clamavi ad te, Domine…” . Georges llama a Dios desde las profundidades, desesperado, con esas mismas palabras. Curiosamente, Andrei Tarkovsky escogió este preludio para su película Solaris (1972), aunque lo dejó sonar en la versión original para órgano (Haneke emplea la versión para piano de Bussoni, tal vez porque, en todo caso, un órgano no cabría ni en el guión ni en el apartamento). La pareja protagonista de Solaris, Harey y Chris, no es muy distinta de la que hacen George y Anne -salvo en la edad, quizás-, pero se adentra en el laberinto de su memoria de forma mucho más extravagante: a bordo de una nave espacial apostada sobre el misterioso planeta Solaris. Solaris y Amour comparten recursos astro-biológicos desconocidos que unen y desunen a Harey y a Chris de la misma manera que separan y reúnen a Anne y a Georges, especialmente al final de Amour, cuando su historia, al menos en el planeta Tierra, toca a su fin. El silencio es al apartamento parisino de Anne y Georges lo que la ausencia de la fuerza de la gravedad es a la nave espacial dónde reviven su extraño amor Harey y Chris: raseros que ayudan a expresar mejor aquello en lo que todos los seres humanos somos iguales. Cuando reina el silencio, o no hay fuerza de gravedad, ocurren cosas extraordinarias.

La atmósfera del planeta Solaris vista desde la nave espacial

La atmósfera del planeta Solaris vista desde la nave espacial

Si seguimos retrocediendo en el tiempo, y de Solaris, en 1972, pasamos, por ejemplo, a 1961, las parejas no solo pierden la memoria sino que incluso carecen de nombre. La música de órgano no inunda naves espaciales pero sí reitera obsesivamente corredores, jardines y salones de palacios como Nimphenburg y Schlesheim, donde Alain Resnais rodó El último año en Marienbad, una película protagonizada por una pareja que no recuerda de la misma manera lo que al parecer vivieron juntos. Son autómatas, con movilidad y memoria reducidas, atrapados en algo así como formatos menores de existencia: se diría que son como parejas octogenarias pero que, a diferencia de éstas, no pueden perder la memoria porque nunca la tuvieron. En todo caso, derrochan un glamour que hace muy difícil imaginárselas el año anterior bajo el telón de acero, en Checoeslovaquia, donde se halla Marienbad. Acaso han preferido olvidar por completo todo lo que pasó, y casi lo han logrado.

El último año en Marienbad, 1961

El último año en Marienbad, 1961

Demos un último salto hacia atrás en el tiempo, hasta Japón en 1959. En Hiroshima mon Amour, Alain Resnais sitúa a una pareja sin nombre, que vive su amor en el epítome mundial de la catástrofe. Y encontramos a Emmanuelle Riva de nuevo, pero con 32 años, cuando ha empezado a construir la parte más importante de lo que será su pasado. Se diría que sufre de un dolor del que no puede librarse, y que oleadas de amnesia le permiten y, a la vez, le impiden, vivir el amor que siente. Naturalmente, entre Nevers e Hiroshima, la memoria trenza sus recuerdos de amores prohibidos por las guerras, y, si la pérdida de memoria parece a veces un poético recurso para narrar, el amor que surge de esa narración se antoja más y más una anomalía triste, y difícil de experimentar.bomba atómica

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